La esencia del presente ensayo es encontrar la relación que guarda "el malestar docente" con nuestra historia personal y las maneras de combatirlo, en caso de que éste exista. En ese sentido, debo decir que con excepción de los bajos salarios percibidos y el injustificado desprestigio social que conlleva esta actividad en México, nunca existió en mi experiencia tal malestar. Es decir, para mí, el hecho de iniciarme como maestro representó un verdadero hallazgo, un amor a primera vista. El descubrimiento de esta nueva vocación me abrió un horizonte de posibilidades ilimitadas, donde yo podía darle un sentido más amplio a mi existencia, multiplicándome a través de mis alumnos. Esto no quiere decir que mi vida en aquel entonces anduviera sin rumbo fijo o a la deriva, al contrario, tenía muy claro que mi destino sería dedicarme al ejercicio literario. Escribir me daba la oportunidad de enfrentar y canalizar mis muchos miedos, así como compartir mis sentimientos, emociones, ideas, y visión personal del mundo. Pero impartir clases me fortalecía de varias maneras y llenaba una parte interna que se encontraba raquítica en aquellos tiempos turbulentos; una parte que me completaba como un ser humano integral, alejándome del egoísmo recalcitrante que nos caracteriza a algunos de nosotros.
Por otro lado, estas primeras clases que por cierto fueron de literatura, no me hicieron mucho ruido porque venía de encabezar talleres literarios y de dramaturgia. Aunque por supuesto me enfrenté a dificultades muy similares a las expresadas por mis colegas docentes, como la de no contar con las bases pedagógicas recomendables para dar clases en grupos de cincuenta o más adolescentes. También me tocó aprender el oficio en base al ensayo y el error. Dicen los japoneses que los errores son escalones al éxito y yo creo firmemente en eso.
En lo que se refiere a la identidad docente, es cierto que uno puede caer facilmente en la falacia del "profe ideal", pero un escritor, por su propia naturaleza, se encuentra hasta cierto punto inmune a ese tipo de ilusiones, pues como creador intimista, lo que uno busca es explorar caminos originales, propios; incluso existe una rebeldía implícita en aquello de imitar a otro para bien o para mal. Sin embargo es difícil escapar a los estereotipos que ofrecen filmes como "Al maestro con cariño", protagonizada por Sindey Potier. Otra cosa es que también en la búsqueda de esa identidad profesional, uno ensaya diversos papeles a representar enfrente de sus alumnos: e"el profe estricto", "el barco", "el buena onda", etc.; existe un amplio repertorio de estos roles docentes. Y ahí es cuando se hace necesario encontrar un sano equilibrio, pues si eres muy duro, se te califica como "el gandalla" o "la vieja bruja", según sea el caso, y si eres muy relajado, como "el trasatlántico", "el bonachón"(entendiendo que este último adjetivo hace alusión a un maestro débil de carácter, pues para ser bueno, se requiere también ser firme y justo). Los chicos son como caballos, hay que dejarlos correr y frenarlos, dejarlos correr y sujetarles la rienda, de lo contrario, pueden desbocarse, recordemos que son adolescentes y tal es su naturaleza.
Quizás sería pertinente finalizar estas líneas con el análisis de las técnicas básicas que debe poseer un buen interlocutor, el propósito primordial de la comunicación es el de lograr la empatía, para de esa forma poder compartir campos comunes de experiencia; tener la capacidad de "ponerse en los zapatos del otro"...